Obsolescencia programada, ¿cómo nos afecta?

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Cómo nos afecta la obsolescencia programada


Para nadie es un secreto que el avance de la tecnología es vertiginoso, y como consecuencia de ese avance surge algo que parece inevitable: obsolescencia programada.

Los ejemplos abundan, de cosas que dejamos de usar y desechamos, sea porque pasaron de “moda” o porque han dejado de funcionar.
Es una frase común decir “ya no hacen las cosas como antes”.
Es sabido el caso de una bombilla en Livermore, California, que ha estado encendido por más de 100 años, sin fundirse. Incluso tiene su propia página web y un documental (The light bulb conspiracy, 2010) que trata sobre la obsolescencia programada. A esta bombilla la podemos ver en directo las 24 horas gracias a una webcam instalada a propósito.

Luego de unas cuantas décadas luego de la fabricación de este foco centenario, los empresarios en los años 30 se encontraron en un dilema: no podían fabricar productos eternos, porque luego la gente dejaría de comprarles y se reduciría mucho las ventas. Pero a la vez si el producto tenía muy poca vida entonces los clientes dejarían de confiar en el producto y preferirían productos de la competencia. De ese modo los diseñadores de productos han estado equilibrándose entre esos dos puntos. Sin embargo, con el pasar del tiempo ese equilibrio se ha estado inclinando hacia productos cada vez menos duraderos.

Ahora bien, ¿qué es la obsolescencia programada?


La obsolescencia programada u obsolescencia planificada es una estrategia para que un producto o servicio tenga una caducidad previamente calculada de antemano por el fabricante o por la empresa que ofrece el servicio, mediante la manipulación de las calidades, o con la inserción de elementos que se deterioren en un periodo de tiempo estipulado, haciendo que este producto o servicio se vuelva inútil, inservible, obsoleto o no funcional.

Este término se hizo popular por primera vez en 1954 por Brooks Stevens, diseñador industrial estadounidense, que tenía previsto dar una charla en una conferencia de publicidad en Minneapolis ese año, y sin pensarlo mucho utilizó este concepto como título para su charla.

La obsolescencia programa desde luego sólo beneficia a los fabricantes, pero nunca a nosotros los consumidores, ya que nos vemos obligados a comprar una y otra vez el mismo producto. Generando más contaminación y más gastos.

Seguramente muchos de nosotros tenemos en un cajón una colección de celulares, cámaras, ratones y teclados que no funcionan, no por mal uso, sino porque simplemente fueron fabricados para fallar.

Es muy común ver cómo todas las cosas fabricadas a nuestro alrededor dejan de servir, o se rompen, así nomás. El ordenador que dejó de funcionar al poco tiempo, el móvil que ya perdiste la cuenta de las veces que lo has mandado a reparar. Por mucho que queramos realizar un buen mantenimiento informático, la obsolescencia programada siempre estará presente

Y no siempre es porque el producto deja de funcionar, o se rompe, sino que ya deja de atractivo sino más bien anticuado. Esto desde luego tiene varias consecuencias, como que se genera mucha más basura, perjudicando terriblemente el ambiente. La obsolescencia programada no entiende de huella ecológica. Otra consecuencia es que gastamos más dinero y no estamos dejando un futuro promisorio para nuestros hijos.

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